16 y 17 de septiembre de 2017
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Fantasmas, ficciones, mutaciones

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Las paradojas del fantasma | XXVI Jornadas Anuales de la EOL
Lecturas | Textos de Orientación

Las paradojas del fantasma

por Gabriela Camaly

El ser del sujeto ha de articularse, nombrarse, en el inconsciente, pero en última instancia, no puede hacerlo. Sólo es indicado en el nivel del fantasma por lo que revela ser hendidura, estructura de corte[1].

Jacques Lacan

Ante el tema general que nos convoca Fantasmas, ficciones, mutaciones, cualquiera puede imaginar la connotación subjetiva y la pluralidad de versiones en juego. No se trata de algo fijo, tampoco de algo real. Sin embargo, el subtítulo El psicoanálisis y sus relaciones con la realidad introduce una orientación precisa. En efecto, en 1967, en la Conferencia que sirve de brújula para estas Jornadas, Lacan se ocupa de señalar dos planos de las relaciones del psicoanálisis con la realidad[2]. Por un lado, subraya que la experiencia de un análisis pone en juego la realidad fantasmática del analizante experimentada siempre como pathos, es decir, aquello de lo que se padece;por el otro, señala la relación del psicoanalista con los discursos que forman parte de la realidad en cada época. Por consiguiente, en lo general, es importante definir cada vez a qué plano de la realidad nos referimos, y en lo particular, es conveniente dirimir de qué manera los fantasmas, las ficciones y las mutaciones subjetivas determinan la realidad del sujeto y, en última instancia, qué es lo que cambia como consecuencia de un análisis.

A partir de Freud, la única realidad que cuenta para el psicoanálisis es la realidad psíquica. La misma está articulada al modo de satisfacción y a la formación de síntomas, ambos anudados a una determinación inconsciente. Es la estructura del fantasma "pegan a un niño", paradigma de la clínica psicoanalítica desde que Freud develó su construcción y su estructuración lógica. Lacan formaliza la formulación freudiana de la realidad psíquica hasta elevarla al estatuto del fantasma y reducirla a la escritura de un matema: ($◊a). Dicha conceptualización recorre toda su enseñanza. Se puede seguir su derrotero y escandir diversos momentos de elaboración que sirven para precisar las perspectivas yuxtapuestas y las incidencias del análisis en la relación del sujeto con el fantasma, su ficción y sus mutaciones y, en última instancia, en su valor de goce.

De inmediato se desprenden algunos interrogantes. ¿Qué aporta la experiencia de un análisis respecto de esta experiencia de goce y de la construcción de la realidad? ¿Cuáles son las relaciones entre el síntoma y el fantasma, en su diversidad? ¿Cómo incide la interpretación analítica en las relaciones con el fantasma, y por ende, en el campo del goce y del deseo? ¿Qué consecuencias tiene la época en la que vivimos en dicha experiencia?

 

1. La aprehensión fantasmática del mundo

En la Conferencia citada, Lacan presenta al fantasma como motor de la realidad psíquica. Allí, el sujeto no es el sujeto de la plena conciencia sino aquél que se realiza en su división más radical. Toda la vivencia de la realidad está comandada por el fantasma y el sentido de una satisfacción pulsional alienante. El sujeto se experimenta a sí mismo capturado por una verdad que desconoce.

Asimismo, ya en el Seminario 1 Lacan habla de la «aprehensión fantasmática del mundo»[3]. La aprehensión íntima del mundo, del lazo con los otros y de las condiciones de satisfacción, está determinada por la relación del sujeto con sus fantasmas hasta el punto que él cree que sus fantasmas son la realidad. Valga como ejemplo el caso del Hombre de los lobos y la relación con la escena traumática. Su valor de trauma no radica en la observación real de la escena primaria sino en el encuentro con un real no subjetivable, contingencia por la cual el goce de la mirada se fija para el sujeto. En este sentido, el valor fantasmático de la escena -y el goce fijado- es infinitamente más importante que el acontecimiento en sí[4]. Dicho goce retornará bajo la forma del síntoma o como presencia de un real inasimilable. Allí coagula el axioma del fantasma fundamental cuando el mismo puede ser circunscripto y reducido a su mínima expresión por efecto del trabajo de un análisis[5]. Esta perspectiva es retomada por Lacan en distintas ocasiones.

En esta lógica, no sorprende que la constitución imaginaria del sujeto sea pensada por Lacan con la misma lógica con la cual elaborará años más tarde el fantasma en tanto tal. A nivel del estadio especular, la marca que deja la experiencia imaginaria -por la cual el sujeto se percibe y se reconoce como tal pasando por el campo de lo simbólico para acceder al dominio imaginario del cuerpo- se desvincula de todo proceso madurativo. El sujeto se percibe como distinto de lo que es y sólo puede captarse pasando por el lugar del Otro. Al decir de Lacan, esta aventura inaugural constituye «la dimensión esencial de lo humano, que estructura el conjunto de su vida fantasmática»[6]. En este sentido, si bien la operación propia del estadío especular y la constitución del fantasma se distinguen como operaciones diferentes, se puede sostener que desde la primerísima enseñanza de Lacan la escena del mundo se establece como una construcción de sentido en la cual el sujeto se concibe a sí mismo en su lazo con el Otro y con el semejante, y cuya articulación simbólico-imaginaria tiene por función velar lo real. Realidad lenguajera por excelencia cuya significación inconsciente es fija.

 

2. El fantasma, soporte del deseo

Por consiguiente, a nivel de la estructura imaginaria del fantasma, el sujeto se encuentra capturado por una alteridad donde se sitúa aquello de lo cual él mismo está privado simbólicamente. En este plano se sitúa la función del objeto a en el fantasma, objeto imaginario que se presenta como el señuelo del deseo humano[vii]. La paradoja del objeto es que si bien nombramos al objeto en relación al deseo, no se trata de ningún objeto real sino del modo en el que el sujeto se realiza en su división. Por eso mismo, Lacan aclara que no se trata del objeto del deseo, eso no tiene ninguna existencia que nos interese a los psicoanalistas; se trata del objeto que causa el deseo, de cuál es su lugar y su función. En este sentido, en el campo de las neurosis, el fantasma es la respuesta del inconsciente a la pregunta por el ser del sujeto, constituye «el punto de amarre concreto donde atracamos a orillas del inconsciente»[8]. Dicha estructuración es posible por la relación del sujeto con el lenguaje, por lo cual el sujeto se encuentra siempre marcado por una hendidura[9]. Es por intermedio del anudamiento entre lo simbólico y lo imaginario que, en el fantasma, el sujeto es el otro.

Además, cabe aclarar que el fantasma no es la representación de un deseo determinado sino que en la función ilusoria del fantasma se sostiene el deseo en tanto tal, brindándole su marco. Esta dimensión estructural fue captada por el genio de Magritte, representada especialmente en los cuadros que corresponden a la serie La condición humana, pintada por el artista entre 1933 y 1935. En diversas ocasiones a lo largo de su enseñanza Lacan se refiere a estas pinturas. Aquí tomamos en consideración las referencias del Seminario 10 y del Seminario 13 -inédito-. En ambos casos, Lacan hace mención a una conferencia dictada por él en las Jornadas de otoño de 1962 en París y de la que no hay versiones oficiales sino sólo algunas notas[10]. La técnica pictórica utilizada consiste en presentar un cuadro sostenido por un caballete situado delante del marco de una ventana; allí se reproduce exactamente el paisaje que hay detrás. Hay una suerte de efecto de continuidad entre el ambiente del cuadro y el paisaje, uno y otro coinciden. El cuadro es el paisaje, el paisaje es el cuadro. El mismo Magritte explicó que «La condición humana era la solución al problema de la ventana… el árbol representado en el cuadro ocultaba al árbol que se hallaba detrás, fuera del espacio. Este existía simultáneamente, para el espíritu del observador, tanto en el espacio del cuadro como fuera de él, en el paisaje verdadero. Y es así como vemos el mundo: como algo que se encuentra fuera de nosotros, aunque no sea sino una representación espiritual de aquello que experimentamos en nosotros mismos»[11].

Respecto de los cuadros de Magritte, Lacan señala que «cualquiera sea el encanto de lo que esté pintado en la tela, se trata de no ver lo que se ve por la ventana»[12], o tal vez -podemos decir- que no hay otra cosa que se pueda ver en la ventana que aquello que cada uno se representa como paisaje, la escena del mundo en la que el sujeto vive. Se pone así en evidencia la relación del fantasma con lo real en su función de velo. Este velo, en el mismo punto en el que algo es velado, sirve para localizar el encuentro imposible con lo que vela, un puro y simple agujero. Efecto paradojal, técnica del absurdo, que al igual que en el teatro viene a poner en escena un imposible.

 

3. La lógica del fantasma y su valor de goce

La relectura lacaniana del fantasma «pegan a un niño» circunscripto por Freud permite localizar dos puntos fundamentales. En primer lugar, que la construcción en tres tiempos realizada por Freud devela la estructura lógica que responde a una oscura satisfacción, es decir, que la pulsión se soporta en el significante y que el fantasma puede ser reducido a una estructura gramatical. En segundo lugar, el fantasma posee un «valor de goce»[13] que permanece inconsciente para el sujeto -y en este sentido, se distingue radicalmente de las fantasías conscientes-. Lacan afirma que el tiempo inaugural de la escena fantasmática fundamental jamás podrá ser confesado concerniendo al sujeto en primera persona; en todo caso, el fantasma puede ser construido en su lógica atemporal. El goce allí implicado está referido al propio cuerpo bajo la forma de una satisfacción inconfesable.

Como sabemos, dicha satisfacción está en íntima relación con el síntoma. La relación entre el fantasma y el síntoma podría ser largamente desarrollada pero aquí sólo haremos alusión al valor de goce del fantasma tempranamente señalado por Lacan, a la altura del Seminario 6. En aquella época, anuncia que «en la relación fantasmática vemos despuntar lo que constituye, para el sujeto, el momento privilegiado de su goce»[14]. Por su parte, los síntomas «son el lugar exacto donde él [el sujeto] encuentra su goce»[15]. Queda así cernida la articulación necesaria entre el fantasma, el goce y el síntoma. Toda la modulación neurótica del fantasma fundamental, todas las versiones del mismo, no sólo dan cuenta de la relación del sujeto con el objeto a como causa del deseo sino también, y muy especialmente cuando el deseo está afectado por la presencia de los síntomas, del modo en el cual el sujeto goza. Esta articulación permite localizar que el fantasma, además de dar consistencia a la realidad del sujeto, constituye un instrumento de goce, un aparato que sirve para gozar atrapado en las redes del sentido.

De ello se deduce que por la relación del fantasma con el lenguaje, el sujeto mismo se devela al final engendrado por una frase que lo determina. Allí se conjugan una articulación significante y un valor de goce anudados a una imagen. Hemos dicho que ese goce es inconfesable, pero no porque el sujeto lo sepa y lo esconda cual secreto, sino porque ese goce presentifica algo impronunciable en tanto tal. En efecto, se puede situar el momento de la «eclosión de la neurosis»[16] en la coyuntura que confronta al sujeto con un goce ignorado que se positiviza. En ese momento, el sujeto neurótico pasa del otro lado del fantasma, en el más allá del deseo, y estalla el drama subjetivo. El deseo se verifica obstaculizado y el goce toma la delantera amenazando su realización. La barrera del fantasma ya no funciona como defensa respecto de lo real. El resultado suele ser la precipitación del sujeto en la angustia. Como sabemos, muchas veces es el momento en el que toma forma una demanda de análisis, en los mejores casos.

Finalmente, podemos decir que Lacan lo grita a los cuatro vientos: «Ustedes no gozan más que de sus fantasmas»[17]. El cuerpo hablante goza y eso depende de su relación con el lenguaje, de las marcas que el choque con lalengua ha producido en él. Sin embargo, hay una parte de goce que no corresponde a la captura en el marco del fantasma sino que permanece deslocalizado respecto de las sustancias episódicas que puede asumir el objeto a. Por lo tanto, se asocia más a la sustancia gozante -tal como la presenta Lacan en el Seminario 20- que al objeto a como condensador de goce. No obstante, como analistas sabemos que "no se vive sin fantasma, mucho menos sin síntoma. Lo que cambia con el análisis es la relación que se sostiene con cada uno. A nivel del fantasma, con el nudo de sentido-gozado, a nivel del síntoma con la emergencia de goce fuera de todo sentido. En ambos casos, se requiere de un tratamiento singular"[18].

Frente a la apuesta de la que se trata en la experiencia analítica, Lacan no duda en señalar la posición insostenible del psicoanalista: también para él se juega la propia alienación a un modo de goce que porfía a la razón. La diferencia fundamental con el analizante es que el analista está suficientemente advertido. Este saber no es intercambiable, vale para uno solo. Sin embargo, el saber extraído de la propia práctica y del propio análisis puede ser transmitido de manera tal que sirva también a otros para orientar la práctica del psicoanálisis en el porvenir.

Nuestras próximas Jornadas Anuales constituyen una ocasión privilegiada, como analistas y como analizantes, para hacer un ejercicio de transmisión. Sin lugar a dudas, compartiremos una causa común y habitaremos el espacio de un desacuerdo fundamental.

NOTAS

  1. Lacan, J., El Seminario 6 El deseo y su interpretación, Paidós, Buenos Aires, 2014, p. 471
  2. Lacan, J., Del psicoanálisis en sus relaciones con la realidad en Otros escritos, Paidós, Buenos Aires, 2012
  3. Lacan, J., El Seminario 1 Los escritos técnicos de Freud, Paidós, Buenos Aires, 1986, p. 29
  4. Lacan, J., El Seminario 1, óp. cit., p. 61
  5. Lacan, J., Seminario 14 sobre La lógica del fantasma, inédito. Clase del 16 de noviembre de 1966
  6. Lacan, J., El Seminario 1, óp. cit. , p 128
  7. Lacan, J., El Seminario 6, óp. cit., pp. 345 y siguientes, p. 361
  8. Lacan, J., El Seminario 6, óp. cit., p.440
  9. Lacan, J., El Seminario19 … o peor, Paidós, Buenos Aires, 2012
  10. Lacan, J., Journées d'automne 1962. Introduction au séminaire sur l'Angoisse. Intervención de Lacan en las Jornadas Provinciales de la Sociedad Francesa de Psicoanálisis el 21 de octubre de 1962. Inédito.
  11. Magritte, R. citado por Schneede, U. M. en René Magritte, ed. Labor, Barcelona, 1978
  12. Lacan, J., El Seminario 10 La angustia, Paidós, Buenos Aires, 2006, p. 85
  13. Lacan, J., Seminario 14 sobre La lógica del fantasma, inédito. Ver clases del 19 de abril, 14 de junio y 21 de junio de 1967
  14. Lacan, J., El Seminario 6, óp. cit., p.483
  15. Lacan, J., El Seminario 6, óp. cit., p.483
  16. J. Lacan, El Seminario 16 De un Otro al otro, ed. Paidós, Buenos Aires, 2008, pp.292-293
  17. Lacan, J., El Seminario19 … o peor, óp. cit., 2012, p. 111
  18. Alvarez, P., Camaly, G. y Nitzcaner, D., Argumento de las XXVI Jornadas Anuales de la EOL. [En línea] Consultado en http://www.jornadaseol.com/026/index.php?file=argumento.html
XXVI Jornadas Anuales de la EOL

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